#TiempodeYeguxs: acoso, repudio y la igualdad demorada

En un recorte desde 2012 las etiquetas que se liberan y masifican sin pensar, convertidas en # o no, representan un nivel cada día más alto de violencia y odio. En ese terreno, las mujeres aún son presa elegida.

Hace un tiempo en un IyV por DM una persona dijo: “…como eso de #TodosBuzzi, que era por #TodosPutos”. De todas las veces que se usó el HT, ninguna fue teniendo en cuenta ese sentido. No se registraba así. Pero el otro sí lo registraba de esa forma. Ha pasado con otros temas, como un reciente calificativo de “esta basura” a un trolleo incesante que la persona que lo ejercía recibió como que la basura aludida era ella. Pensar es frenar un poco.

El registro del otro es siempre una buena primera parada. Si molesta o vulnera, más allá de lo que haya gatillado o la intención detrás de eso, hay un puente de comunicación real que está perdido.
La segunda parada es la conciencia que se va ganando. La personal, la profesional, la colectiva.
De alguna forma, ambas paradas son parte del mismo proceso: usar el señalamiento del otro no para la defensa automática -o al menos no sólo para ello- y sí para ampliar la conciencia sobre usos e impactos.

En un recorte desde 2012, las etiquetas que se liberan y masifican sin pensar, se conviertan en # o no, representan un nivel cada día más alto de violencia y odio. En ese terreno, las mujeres aún son presa elegida.

En un reciente posteo del portal español La Marea se hace foco en el acoso digital y las acciones más frecuentes y hasta avaladas que lo determinan. En el contenido se cita un estudio de Amnistía Internacional : el 46% de las encuestadas que habían sufrido abusos o acoso en Internet dijo que eran de naturaleza misógina o sexista.

“Las redes sociales han contribuido a aumentar la libertad de expresión, incluido el acceso a la información, de muchas maneras. Pero con la migración al mundo digital de la discriminación y la violencia contra las mujeres de fuera de Internet, muchas mujeres se alejan de conversaciones públicas o se autocensuran por temor por su privacidad o su seguridad” | Azmina Dhrodia, investigadora de Tecnología y Derechos Humanos en Amnistía Internacional

En el recorrido por los últimos 7 años de ver pasar y crecer una comunidad virtual, se encaró la tarea de seleccionar expresiones que unos y otros naturalizamos como “de onda”, pero que piden otra mirada y nuevos tiempos. No es una selección exhaustiva y tiene voces por cada partido, que disparan o señalan. Sólo un recorte de esas expresiones, señalamientos y repudios muestra un escenario que se reitera.

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La diputada es una trepadora.
El secretario es maricón.
La ministra es gorda.
La periodista es torta.
Él es una bola de grasa.
Ella es bipolar.
Ella es una cucaracha.
Ese es trolo.
Esa es quilombera.

La máquina de etiquetar acomoda tantos para no entregar reconocimientos válidos, desmerecer logros y evitar accesos en pie de igualdad aunque ya estén garantizados por ley antes que por la práctica.

Pero todo es tan simpático. La yegua se explicó primero en Chubut desde el lado radical y luego, de forma más reciente, desde el lado peronista. Una era “la esposa del potro, de caderas ligeras”, la otra era “la mujer bonita que pudo tener un lindo acto de amor y salió galopando”. Para ninguna de las acepciones existió un freno partidario ni mucho menos institucional. Pasaron y, por ello, siguen pasando. Ambas con el mismo silencio y connivencia de todos.

Está claro que es lo mismo, para algunos que así lo señalaron en el medio del debate, que una mujer le diga a otra “no seas yegua” a que un compañero de militancia use la misma palabra para habilitar o no espacios. ¿Pero es real que no hay ninguna diferencia?
Y si no hay diferencia: ¿por qué el uso de las expresiones hacia mujeres que actúan en política, cuando provienen tanto de pares como de hombres y en un contexto en el que el debate es sobre temas político-institucionales y no intercambios casuales de amigos, se lee diferente?
Tal vez porque lo son y aún no lo distinguimos.
Como el popular “hijo de puta” argentino, que gritado por un diputado a un par que preside la sesión es una cosa, y otra es decírselo a los amigos. Mucho escrito sobre esa ruta.

“Éste es el doble poder del lenguaje: el de reproducir y transformar la sociedad en la cual es utilizado. Ésta es la principal razón por la cual los movimientos igualitarios incluyen entre sus preocupaciones la del uso inclusivo del lenguaje…” | Lic. Verónica Paris en “Lenguaje y Género”

También es diferente informar o disentir, a acosar y justificarlo como acción democrática.
Mostrar, señalar y reclamar disculpas públicas es lo primero. Seguir sobre el tema luego de las disculpas -que implican de alguna forma un inicio de conciencia- van por lo segundo. Sumarle insultos y falsedades al asunto sólo profundiza el acoso.

El problema de no informar ni repudiar los exabruptos para darles un freno es que últimamente las acciones no sólo quedan en las redes y el impacto psicológico está ya medido. El acoso digital es sólo la nueva práctica que se expande porque la conciencia del delito en la vida real -y los límites- es más clara.

¿La práctica del odiador cruzando límites es nueva? Por supuesto que no, ahora sólo es menos callada por quienes la sufren y por eso el cortafuegos es más efectivo. La víctima ahora cuenta y se defiende.

Un día, por mensaje privado, una persona contó lo que sufrió durante largo tiempo de un militante partidario en Chubut: esa persona se sentaba en su auto frente a su casa. Se estacionaba ahí y la vigilaba. Toda la familia estaba bajo esa mirada. Un día, el vigilado salió arma en mano. El otro nunca más volvió.
Imaginemos al que elige quedarse mirando la pantalla de otro, sólo para controlar y sin otro interés que el piedrazo ocasional o el acoso selectivo cuando se le ocurre. El viejo rumor de barrio convertido en campaña de difamación en 10 segundos. El daño no espera reparación, porque ese término no existe y la disculpa exigida en público también usa el mismo proceso de detracción: “¿para qué disculparse, si no importa?”

El acoso digital es un desvío con cartel de disenso; señalarlo como engañoso es ponerle un freno. Ocurre que quien lo ejerce muchas veces es una persona como cualquier otra, con una vida y familia como muchos, en cargos o no, muchas veces referente comunitario y hasta con aportes constructivos en su vida fuera de las redes sociales. Quien lo ejerce a veces es una mujer, y también eso debe ser debatido.

El respeto es un ejercicio bastante simple. Es no violentar la vida y elecciones del otro.
La realidad muestra que un ejercicio simple está lleno de trampas, algunas mediatizadas como ligeras y sin importancia. Primero, porque en general no se sabe nada realmente del otro y eso que debiera funcionar como stop ha quedado determinado que no lo es. Segundo, porque la conciencia que lleva a elevar carteles de #NiUnaMenos aún no es parte intrínseca de realidad alguna en cada acción.

¿Qué hace que una persona así elija la basura como medio de expresión y acción en una red social? Esa es una de las preguntas que debiéramos imponernos en la reflexión.
La segunda es cómo encontramos mecanismos más efectivos y duraderos, no sólo para frenarla: para arrinconarla como forma de interacción válida y educarla hacia algo mejor.

Los datos de Amnistía Internacional sobre el impacto del acoso digital

⇒ El 76% de las mujeres que dijeron que habían sufrido abusos o acoso en una plataforma de redes sociales hicieron cambios en la forma en que usan las plataformas.

⇒ El 32% de las mujeres dijo que había dejado de publicar contenidos que expresaban su opinión sobre ciertos temas.

⇒ El 61% de las mujeres que dijeron que habían sufrido abusos o acoso en Internet dijo que como consecuencia de ellos tenían la autoestima más baja o habían perdido confianza en sí mismas.

⇒ El 55% dijo que había experimentado estrés, ansiedad o ataques de pánico tras sufrir abusos o acoso en Internet.

⇒ El 63% dijo que había tenido problemas para dormir como consecuencia de los abusos o el acoso en Internet.

⇒El 56% dijo que los abusos o el acoso en Internet les habían impedido concentrarse durante periodos largos.

 

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Fuente de imagen destacada: Omicrono

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